Buenos Aires se fundó sobre la pampa ondulada. Ríos
y arroyos condicionaron, en un principio, su desarrollo urbano. A su vez,
las bajas pendientes pampeanas, el aporte de sedimentos desde el frente deltaico
y las particularidades hidrodinámicas de la costa, demandaron importantes
obras de ingeniería para la construcción de su puerto. Este frente costero
fue ocupado simultáneamente por obras de infraestructura y actividades recreativas.
Sus tres afluentes principales, el Riachuelo, el Reconquista y el Lujan sumados
a una infinidad de arroyos menores, conforman la red hidrográfica alimentada
por lluvias, que avanzan sobre tierras bajas, creando bañados y tierras inundables.
En un principio la ocupación respetó esos condicionantes
y los modos de ocupación se ajustaron a las restricciones territoriales, pero
paulatinamente esas huellas iniciales se fueron desdibujando en los rumbos
de la urbanización. Terrenos bajos e inundaciones difíciles de controlar son
algunos de los testimonios de una geografía silenciada, aunque el río y los
vientos benéficos le quitan dramatismo a esas obras de infraestructuras que
quisieron regularizar el espacio, poniendo en jaque las dinámicas naturales.
Hoy, Buenos Aires conurbación ocupa más de 30 partidos
de la provincia, comunicándose casi sin discontinuidades con el conglomerado
de La Plata que se expande desde el sur. Es una de las metrópolis más grandes
del continente, con sus 4.000 km2 y más de 12 millones de
habitantes. La ciudad centro tiene 200 km2 y algo menos que
3 millones de habitantes y es la capital de la República. En sus procesos
de transformación puede leerse la historia del país, aunque tiene sus inercias
y sus temporalidades propias. La periodización que presentamos permite comprender
las causas de algunos de sus momentos de inflexión.
Este capítulo del Atlas Ambiental de Buenos Aires examina
uno de los numerosos hilos del complejo ovillo de las alternativas espaciales,
sociales, culturales, económicas y políticas que se juegan en la construcción
del territorio: el de los procesos de configuración y ocupación, que puede
ser abordado articulando las determinaciones geográficas y naturales con las
intervenciones materiales, a su vez tributarias de las representaciones que
presiden las políticas públicas, el ideario de los técnicos y las estrategias
sociales en cada uno de los escenarios históricos.
El orden regular –esa organización del territorio mediante
una retícula- que se impuso con la ocupación española en América es una de
las claves que atraviesa la historia del AMBA hasta mediados del siglo XX.
En un primer momento, los asentamientos se subordinaron a las condicionantes
topográficas. El ideario renacentista, impreso en las Leyes de Indias, imaginaba
una ciudad regular y centralizada. Sin embargo, durante varios siglos los
terceros y los cauces de aguas fueron las fronteras para un tejido que se
ajustaba a una geometría pre-establecida. Esa geometría, asimilada con una
idea de territorio homogéneo, dominado por una ciudad capital, foco de producción
y progreso, fue también estandarte de los ingenieros iluministas y de los
profesionales de la ciudad decimonónicos: higienistas, arquitectos, geógrafos,
topógrafos, luego urbanistas. En efecto, esos criterios estuvieron presentes
también en las premisas del urbanismo de las primeras décadas del siglo XX.
Los antiguos caminos y la traza de los ferrocarriles lleva
la impronta de la topografía; sin embargo, como resultado de esa regularidad,
una amplia gama de operatorias que modificaron cauces naturales, obras de
relleno, redes de infraestructura y canalizaciones ignoraron las características
del territorio. En forma simétrica, loteos y urbanizaciones reproducían el
modelo, pues el modelo no solo estuvo en la esfera de técnicos y funcionarios
estatales sino que fue una imagen mental compartida por los habitantes que
explica su “éxito”. Esa idea de regularidad, que imaginaba un espacio geométrica
uniforme y homogéneo –pensada en muchos momentos como garantía o sinónimo
de orden social- fue la matriz sobre la cual se configuró esta metrópolis
pampeana.
En el sector de la ciudad y en los núcleos urbanos de la
primera corona la intervención pública colaboró para materializar dicha regularidad,
pero en las tierras del conurbano que se fueron ocupando a lo largo de la
segunda mitad del siglo XX, la intervención oficial tuvo menos presencia.
Los sectores de altos y bajos ingresos configuraron enclaves singulares que
ponen de manifiesto una creciente fragmentación social y espacial.